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Argentina y el “curro” de los piquetes

Aun cuando no hay crisis como en 2001, el país no parece listo para desprenderse de este método emblemático de protesta.

No fue la frase más feliz de su campaña. Más bien lo contrario. Se supone que para cuestionar los vergonzosos negociados que se hicieron bajo el amparo de organizaciones históricamente prestigiosas en un campo sensible, como las Madres de Plaza de Mayo, Mauricio Macri pidió terminar con el “curro” de los derechos humanos. El ahora Presidente, acaso buscó congraciarse con un potencial votante de clase media y de las otras también, harto de la incapacidad de un kirchnerismo que gastó saliva y plata para sostener su relato modelo de poder.

Sacando de la cancha cualquier prejuicio ideológico, el reclamo de Macri tenía hasta sustento judicial: la Fundación que Hebe de Bonafini cedió gustosa a los hermanos Schoklender se “curró”, en la acepción argentina de la palabra (“estafa” y no “trabajo”, como en un español más puro) cientos de millones de pesos.

La defensa de un sector kirchnerista de semejante animalada de corrupción, no hizo más que enchastrar lo que se juraba defender. La imagen de Bonafini en una combi en Plaza de Mayo, ya muy mayor, desencajada antes los periodistas y jurando que ella había hecho los aportes de los trabajadores de Sueños Compartidos, la emparentaba más con el dueño dudoso de una Pyme que con la emblemática luchadora de los pañuelos blancos. ¿En nombre de qué derecho humano se puede robar plata destinada a viviendas para pobres? ¿En qué comisión de la memoria está escrito?

Ahora, también como cumplimiento de una promesa de campaña y para acercarse con lo que se descuenta su público adepto, Macri impulsó a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, a avanzar con el Protocolo Antipiquete. Cualquier encuesta masiva, excluyendo incluso a automovilistas exacerbados en medio de un corte, avala la idea. En un país normal, la discusión no resiste ni un micro de TV. País normal, una categoría que promete la política desde la crisis de 2001 (fue parte del eslogan del primer kirchnerismo y estuvo en el ADN de la campaña PRO), pero de la que la Argentina viene zafando con destreza.

La primera discusión de hoy, la de esta mañana, mezcla piquete y política. Pocos panelistas pero que hacen mucho ruido. Así como los bloqueos de calle durante la crisis -arraigados en una sociedad devastada y podrida, con casi 50% de pobreza- eran extendidos y masivos, sin debate de legitimidad, ahora, en muchos casos, quedaron como bandera de sectores minoritarios. Hace años que la izquierda encontró en este métier un atajo para hacerse ver y escuchar. Corrientes y Callao, su esquina fetiche, tiene récord mundial de causas de bloqueo: vecinales, nacionales e internacionales. Desde un desalojo en Balvanera hasta la avanzada imperialista en algún lugar del mundo.

El éxito está garantizado: ¿20, 30, 200? personas alcanzan en un día hábil de la semana para hacer explotar un cruce vital para el tránsito. Clase media, pero también alta y baja o media baja, debe pasar por allí para seguir sobreviviendo. Movileros de radio y TV irán allí, previsibles, a escuchar a los promotores del piquete. Esta mañana, los actores eran dirigentes del PTS, en comparación caprichosa, con más segundos de aire que votos. Cortaban para que se corte el protocolo anti corte.

Pero los voluntariosos de la izquierda no son estrellas exclusivas de la película. La anormalidad del país hace que aún hoy, el piquete casero, espontáneo, lo protagonice paradójicamente gente que posiblemente haya votado gustosa al macrismo. Una recorrida vespertina y nocturna en la Ciudad invita a toparse en estos días con esquinas y hasta cruces de vías bloqueados por personas -sin identificación ideológica- a las que, por ejemplo, hace 5 días le cortaron la luz. Y hasta uno podría arriesgar, como en un cuento, que algunos de esos piqueteros barriales son los mismos que insultaron más temprano a los colegas de los otros cortes, los de matriz política o sindical.

Si la ley es pareja para todos, a esos buenos señores, padres, jóvenes con hijos, indignados porque no reciben un servicio por el que pagan y encima en un mes les van a quintuplicar el costo, también habría que protocolizarlos y correrlos con la fuerzas de seguridad. Desafío para los periodistas: ¿cómo reaccionamos si el palazo aleccionador se lo come un ama de casa de Caballito?

Quizá la raíz del problema sea una sola: aunque pasó más de una década de la peor crisis económica y social de la historia argentina, aún no se recrearon algunos de los mínimos canales normales, ni prestaciones del Estado ni privadas, que garanticen una convivencia regular. En esta bella geografía, donde llueve y se inunda, hace calor y se corta la luz, la sola palabra “protocolo” parece extemporánea.

Posiblemente, ni siquiera los que piden orden están dispuestos a hacer su parte. Y en medio del quilombo, qué mejor que un cortecito para salir en la tele y que te escuchen. Un buen “curro” al que nos prendemos para todos.

Fuente: Clarin. Nota de febrero de 2016