En la Argentina el 12 por ciento de los hogares tienen riesgo a padecer o padecen hambre ¿Por qué cuando se habla de esto el problema queda preso de las grietas, discusiones y polarizaciones políticas?
A Yamila le duele siempre la panza del hambre y es una de las razones por las que le cuesta concentrarse para estudiar. Va los fines de semana al apoyo escolar porque quiere salir adelante pero todo es difícil para ella. En su escuela no siempre tiene clases ni almuerzo, en su casa nadie sabe leer ni escribir y a veces se tienen que saltear las comidas porque no alcanza. Y de comer carne ni hablar.
La nena de doce años está cada vez más flaquita y cuando tiene que hacer la tarea sus ojos están en el pan y el mate cocido y no en su carpeta.
Tampoco siente que le cambia la vida si se saca una buena nota o si va a la salita de atención médica por su desnutrición porque tiene problemas más graves y le cuesta imaginar un futuro feliz o al menos alentador.
El dolor de panza de Yamila, cuyo nombre es de fantasía, es solo una foto de un álbum que muestra que en la Argentina, según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, el 12 por ciento de los hogares tienen riesgo a padecer o padecen hambre. Las mediciones también revelan que los pobres estructurales se sienten cada vez más deprimidos.
«Una de cada diez personas en nuestro país, sobre todo niños, vive en hogares donde hay hambre. Y dos de cada diez se alimentan mal o muy mal», cuenta Agustín Salvia el director de este estudio.
Esta pobreza estructural no es de ahora, no tiene gobierno. O mejor dicho, tiene como culpables a todos los gobiernos. Y también a nosotros, a las sociedades, a la opinión pública. La pregunta es ¿por qué todo esto no se discute en serio? ¿Por qué no constituye un tema central en la agenda pública? ¿Y por qué cuando se habla de esto el problema queda siempre preso de lo coyuntural, de las grietas, discusiones y polarizaciones políticas?
Hace dos semanas las Naciones Unidas informó que volvió a aumentar el hambre en el mundo en 2016 tras años de descenso y que esto afecta a unos 815 millones de personas. Es decir, al 11 % de la población mundial.
Entre las causas que identifican están el impacto de conflictos y desastres naturales. Fue noticia en el mundo. Pero tampoco es tapa ni centro de discusión en ninguna parte. De nuevo, ¿por qué cuesta que sea prioridad hablar de esto? ¿Cuáles son los riesgos de desviar el foco de atención y que cuando se miren estos temas se cuele la «grieta» o la polarización política?
Los riesgos son que no esté primero en las políticas públicas de cada país, que nos convenzan de que no es un problema de todos nosotros, que las sociedades y su evolución en las condiciones de vida queden presas de los vaivenes políticos y económicos cortoplacistas y que las divisiones políticas y partidarias disuelvan lazos de solidaridad.
El sociólogo Emile Durkheim estaba preocupado por la cohesión social y por encontrar el cemento que impide la disgregación social. Para esto proponía la creación de una mejor ciudadanía a través de lazos sociales, a partir de un público que delibera y dialoga generando un horizonte de significación compartido.
Hay quienes todavía buscan un mundo donde quepan muchos mundos, donde quepan los «unos» y los «otros». El desafío está en que nos sumemos todos a esa búsqueda, que seamos solidarios y que el flagelo del hambre y la pobreza sean un tema central en la discusión pública.
Fuente: INfobae

